Nos acostumbramos a escuchar mucha gente diciendo que los jóvenes de hoy en día no leen, que por pasar tanto tiempo con el celular perdieron la manera de expresarse de diferentes maneras. Pero ¿desde cuándo se pierden las ganas de leer un libro por placer?
Según la Encuesta Nacional de Consumos Culturales, realizada en el año 2022 en Argentina, salio que el 77% de adolescentes entre 13 a 17 años había leído al menos un libro durante el año, mientras que cuando pasamos a los jóvenes de 18 a 29 años la cifra baja a un 58%. Las cifras llaman la atención por el hecho que durante esa edad las personas terminan el colegio, empiezan a trabajar o comienzan con otras responsabilidades.
Cuando se les preguntó a los jóvenes la razón para dejar de leer luego de la etapa del colegio, muchos mencionan la falta de tiempo o de interés por la lectura. Pasar del colegio a la universidad o al trabajo hace que aparezcan nuevas responsabilidades y actividades que hacen que el cansancio sea mucho más normal en el día a día. Esto lleva a que momentos que pueden ser utilizados para el ocio prefieren utilizarlo para otras actividades, como mirar una película, serie, estar un rato con redes o por supuesto juntarse con amigos a descomprimir después de una semana de estudio y/o trabajo.
Además de todas estas razones puede influir la relación que se haya creado con la lectura durante la época escolar. Algunos relacionan este hábito con trabajos, tareas, evaluaciones y demás lo que puede hacer más difícil tomar el hábito de leer por placer.
También se le suma la pérdida del hábito, cuando alguien abandona una novela a la mitad por otras actividades, después se puede dificultar volver a retomar la misma.
Otros jóvenes dicen que no encuentran un libro que les interese un libro que les llame la atención. En un sector con tantos títulos y géneros por ahí es complicado saber por dónde empezar. Sin embargo con la llegada de las redes sociales este último punto, comenzó a cambiar.
Tik Tok e Instagram se convirtieron en lugares en donde los jóvenes pueden descubrir nuevos libros a través de recomendaciones, reseñas y videos relacionados con libros.
Los llamados BookTokers hicieron que muchas personas se adentraran en el mundo de la lectura por medio de recomendar libros y hablar de ellos en redes sociales. Esto hace más fácil y rápido el poder encontrar algún libro o género que pueda ser de tu interés.
Pero las redes sociales no modificaron solamente la manera de descubrir libros. También cambiaron la forma de llegar a ellos. El libro en papel dejó de ser la única opción y comenzaron a aparecer los formatos digitales. Los libros ahora se pueden leer desde un celular, una tablet, una computadora o un ebook y poder tener diferentes títulos disponibles en un mismo dispositivo y poder adaptar la pantalla según sea más cómodo para cada lector.
Del papel al audio
No solo transformamos el papel a lo digital sino que también pasamos esos textos a audios. Los audiolibros permiten al usuario escuchar una novela mientras viaja, camina o realiza cualquier otro tipo de actividades. Así se puede combinar el tiempo que utilizamos en otras tareas para poder consumir la literatura.
Según datos del National Literacy Trust el 42,3% de las personas entre 8 y 18 años escuchan libros por audio en su tiempo libre o mientras realizan alguna actividad. Los datos nos muestran que escuchar historias ya ocupa un lugar importante entre los jóvenes.

El dato no significa que escuchar un libro sea igual que leerlo. Son experiencias diferentes y tienen formas distintas de relacionarse con una historia. Sin embargo, el mismo estudio señala que el 37,5% de los jóvenes afirmó que escuchar audio había despertado su interés por leer libros.
Entonces, la discusión vuelve a ampliarse: ¿escuchar un libro es otra manera de leer o estamos hablando de experiencias completamente diferentes? Tal vez la respuesta no tenga que estar en elegir una opción, sino en entender que la literatura también encontró nuevas maneras de llegar a sus lectores.
¿Tenes un tiempito para pensar?
Más allá del formato que elegimos, también cambió la extensión de los contenidos que vemos. En las redes podemos pasar de un video a otro, leer un comentario o encontrarnos con una explicación resumida en pocos segundos. La información aparece cada vez más fragmentada y obliga a cambiar rápidamente de un contenido a otro.
La Real Academia Española señaló en su informe sobre educación que los estudiantes están cada vez más acostumbrados a discursos breves y que los formatos digitales exigen rapidez, inmediatez y síntesis. El informe también relaciona estos hábitos con dificultades para sostener la atención frente a procesos que requieren más tiempo.
Esto no significa que las redes sociales sean las responsables de que los jóvenes no puedan leer un libro. La cuestión pasa por cómo cambia nuestra relación con los textos cuando gran parte de la información cotidiana llega en formatos cortos. Leer una novela implica seguir una historia durante cientos de páginas, mientras que ver contenido en redes permite cambiar de tema en cuestión de segundos.
La diferencia también aparece cuando un texto necesita explicar una idea de manera extensa. La RAE sostiene que los discursos breves y con un léxico reducido pueden generar mayores dificultades cuando los estudiantes se enfrentan a textos literarios, ensayísticos o a razonamientos más desarrollados.
¿Qué pasa cuando nos acostumbramos a que una idea tenga que poder entenderse en pocos segundos? Quizás el problema no esté solamente en cuánto leemos, sino también en cuánto tiempo estamos dispuestos a permanecer frente a una misma idea.
¿Dejamos de saber expresarnos?
Esta transformación nos lleva a otra pregunta. Si cambiamos la manera de leer y de recibir información, ¿también está cambiando nuestra forma de comunicarnos?
Un estudio publicado en Perspectives on Psychological Science analizó la cantidad de palabras que las personas utilizan al hablar y encontró una disminución en la cantidad de palabras que utilizamos por día. Los investigadores analizaron a 2.197 personas de entre 10 y 94 años, a partir de grabaciones ambientales de situaciones de la vida cotidiana. En el conjunto de datos, estimaron un promedio de 12.792 palabras habladas por persona al día.
Según los datos difundidos por Fundéu, la reducción es de alrededor de 338 palabras por año. En las personas menores de 25 años, la diferencia llega aproximadamente a 451 palabras.
Pero hay una aclaración importante antes de sacar conclusiones. Estos números no significan que una persona haya perdido 451 palabras de su vocabulario. El estudio analiza la cantidad de palabras que se utilizan al hablar, no la cantidad de palabras que una persona conoce.
Hablar menos no necesariamente significa tener menos cosas para decir. La diferencia también puede estar en cómo elaboramos lo que queremos comunicar. Una persona puede tener una idea compleja, pero necesita más recursos lingüísticos para explicarla, defenderla o desarrollarla. Cuando el vocabulario disponible es más limitado, puede resultar más difícil encontrar la palabra exacta para expresar una emoción, una opinión o un argumento.
La lectura tiene un papel importante en ese aspecto porque nos expone a palabras nuevas constantemente, estructuras y formas de formar frases que quizás no utilizamos en nuestra vida cotidiana. Una novela puede ponerle nombre a una emoción que nunca supimos explicar, mientras que un ensayo puede mostrarnos una manera diferente de desarrollar una opinión. Leer no solamente incorpora información, también amplía las posibilidades con las que contamos para pensar y comunicarnos.

Por eso, no tenemos que afirmar que leer menos sea la causa de que hablemos menos. Son dos transformaciones que aparecen dentro de una misma época y que pueden abrir una discusión sobre nuestra relación con el lenguaje.
La propia RAE señala que existen dificultades entre algunos jóvenes relacionadas con la comprensión lectora, la fluidez verbal, el manejo del léxico y la capacidad expresiva y argumentativa. También destaca que la literatura puede servir para enriquecer el vocabulario y la sintaxis.
Entonces, si leemos textos más breves, nos comunicamos mediante mensajes más cortos y utilizamos menos palabras al hablar, ¿estamos simplemente adaptando nuestro lenguaje a una nueva época o estamos perdiendo algo en el camino?
No es que dejamos de leer
Quizás la idea de que los jóvenes dejaron de leer es demasiado fácil para explicar lo que está pasando. Los datos muestran una disminución en determinados hábitos, pero también muestran nuevas formas de acercarse a los libros.
Un libro puede aparecer en una recomendación de TikTok, en un celular en formato digital, poder leer en papel o escucharlo mientras alguien viaja. Todas estas opciones nos permiten formar parte de una relación con las historias que ya no depende de un único formato.
El verdadero cambio parece estar en la forma en la que elegimos qué consumir, cuánto tiempo le dedicamos y qué tipo de textos queremos leer. La pregunta ya no debería ser si los jóvenes leen, sino qué leen, cómo lo hacen y cuánto tiempo ocupa la lectura en su vida cotidiana.
Porque quizás el problema no sea que dejamos de leer. Por ahí estamos aprendiendo a leer de otra manera. Y en ese cambio también se está transformando nuestra relación con las palabras, con el tiempo y con la forma de expresar lo que pensamos.




